Durante dos décadas el superdeportivo persiguió las cifras. Potencia, tiempos por vuelta, aceleraciones de cero a cien recortadas por centésimas. Pero el movimiento más interesante en el mercado del coleccionismo hoy es una silenciosa retirada de la hoja de cálculo —un apetito renovado por la máquina analógica que exige algo de su conductor.

Un motor atmosférico, una caja manual, una dirección que transmite la carretera en lugar de filtrarla: eran lastres hace una década y son hoy las mismas cualidades que imponen una prima. La procedencia sigue importando, el estado sigue importando, pero cada vez importa más el carácter —la sensación de que un coche fue construido por personas que intentaban hacer sentir, no meramente rendir.

Para el garaje exigente, la lección es paciente más que especulativa. Las piezas que conservan su significado son las que fueron honestas sobre lo que eran. La ingeniería, en su mejor expresión, siempre fue una forma de arte; el mercado simplemente lo está recordando.