La restauración es una discusión con el tiempo, y las más gráciles son las que saben qué batallas conceder. En Cap Ferrat, una villa Belle Époque que había derivado hacia una grandeza por acumulación fue devuelta, estancia a estancia, a una sola idea rectora: la luz.
Cada ventana se reconsideró no como una abertura sino como un marco. Algunas se ampliaron, otras se dejaron deliberadamente pequeñas para que la vista final mereciera su impacto. Cayeron muros interiores allí donde se habían añadido; otros se reconstruyeron para recuperar las proporciones que pretendían los arquitectos originales. El mar, tratado hasta entonces como telón de fondo, se convirtió en el tema.
El resultado es una casa que parece a la vez más antigua y más nueva —fiel a su época, y sin embargo inconfundiblemente construida para la manera en que vivimos hoy. Esa tensión, sostenida con aplomo, es lo que separa una restauración de una reforma.

